Quien regresa de un viaje de idiomas no es la misma persona

Quien regresa de un viaje de idiomas no es la misma persona

Queremos que nuestros hijos sean personas libres, autónomas y responsables; capaces de tener pensamiento crítico. Deseamos, además que sean capaces de observar y admirar su entorno más inmediato, en una actitud de reflexiva serenidad. Pretendemos que sean capaces de saber esperar pacientemente antes de tener y poseer lo que desean. Queremos que su aprendizaje esté alimentado por una sincera motivación que les haga superar el miedo al esfuerzo y la frustración. Queremos, en definitiva, que sean capaces de asombrarse ante la belleza del mundo y de ilusionarse por un proyecto vital que merezca la pena. Una buena solución para ello, que más tarde comentaremos, es que realicen un viaje de idiomas.

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Viaje de idiomas para jóvenes una buena experiencia

Sin embargo, hoy en día, constatamos cada vez más, que los jóvenes resultan ser muy dispersos, híper activos, con dificultad para crear vínculos, para reconocer la autoridad, para gestionar su afectividad; se desenvuelven con actitudes arrogantes, violentas; desagradecidos, inseguros… Y en muchos casos, su única fuente de motivación es principalmente sólo la estimulación externa.

Me pregunto si los problemas que se ven en esta niñez, no son otra cosa que un grito de la naturaleza. Una naturaleza que se rebela ante una falta de respeto por las necesidades básicas del niño. Los niños crecen en un entorno cada vez más frenético, consumista, ruidoso y exigente que, por un lado, ha hecho la tarea de educar más compleja para padres y educadores, y, por otro, ha alejado a los niños de lo esencial.

Para su éxito futuro, vemos necesario programarlos para un sinfín de actividades que los están apartando del ocio de siempre, del juego libre, de la naturaleza, del silencio, tan importante para el pensamiento crítico, la reflexión, la creatividad, la interioridad, en definitiva, para el aprendizaje verdaderamente sostenible. Su vida se ha convertido en una verdadera carrera para saltar etapas, lo que les aleja cada vez más de su propia naturaleza. Una buena solución a todo esto es un viaje de idiomas. 

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Los idiomas para superar el reto

La belleza es lo que provoca el asombro. Hoy en día, los niños están sedientos de belleza. Dicen los filósofos que la belleza es la expresión visible de la verdad y de la bondad. Por lo tanto, es bello para un niño todo lo que respeta su verdad y su bondad, su naturaleza, su orden interior, sus ritmos… Muchos niños se están perdiendo lo mejor de la vida: descubrir el mundo, adentrarse en la realidad. Un ruido ensordecedor acalla sus preguntas, las estridentes pantallas saturan sus sentidos e interrumpen el aprendizaje lento de todo lo maravilloso que hay que descubrir. Recuperar la capacidad de asombro en los niños es un deber y una responsabilidad. Todo ello requiere una tarea ardua e ininterrumpida por parte de los educadores. Una tarea, sobre todo, muy comprometida en desarrollar la creatividad de los niños, por lo que urge dosificar los estímulos externos que anestesian la reflexividad y el discurso lógico. Hablar, leer, escuchar, observar, preguntar, contestar, confrontar, aprender, un viaje de idiomas… son un reto apasionante para quienes nos desenvolvemos en estas tareas educativas con los jóvenes. Abdicar de este compromiso es, no solo defraudar a los jóvenes, sino traicionar a las generaciones futuras, que llegarán desprovistas de las herramientas intelectuales y afectivas necesarias para gestionar su propio futuro.

Reflexión viaje de idiomas

En ese reto, es indudable el valor que aporta aprender viajando. Dice un proverbio chino “Quien regresa de un viaje no es la misma persona que partió”. Viajar, efectivamente, cambia la vida y nos enseña acerca de nosotros mismos y del mundo en que vivimos. Es una de las formas de mejorar como persona más emocionantes y divertidas que existen. Cuando viajamos, tenemos que tomar decisiones relacionadas con numerosas actividades que realizábamos dentro de cierta rutina, en lo que llamamos, nuestra zona de confort, y que ahora adquieren un acento de originalidad. Nuestro cerebro está muchas horas, muchísimas horas, captando nuevos paisajes, olores, culturas, personas y vivencias. Sobre todo, lo tuyo, lo más genuino de ti, adquiere un relieve singular, para poder acoger como diferente y a la vez, complementario, toda la riqueza de la que se nutre la cultura del destino al que viajas… Sin duda, “Quien regresa de un viaje no es la misma persona que partió”.

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